Las flores del trabajo

Es frecuente, o  al menos no es extraño, que la contemplación de la belleza suscite emociones y genere, además de admiración, una cierta sensación de bienestar. A mí me ocurre a menudo con la naturaleza o con el arte, y muy especialmente con la música y la arquitectura. En nuestro entorno y en la antesala  de la primavera hay una imagen que asociamos con la bello, que cada año, de manera recurrente, despierta  nuestro deseo de conectar con la tierra. Se trata de la floración de los árboles, de los frutales singularmente y de los almendros en particular.

Hace unos días fui invitado por un excelente y modélico agricultor a visitar algunas de sus plantaciones de almendros. El cielo estaba cubierto y la ausencia de sol restaba ese punto de luminosidad que enciende los colores y acentúa la exaltación emocional. Pero daba igual porque era tal el esplendor del espectáculo, que por un momento tuve la sensación de estar admirando una obra de arte. Bien es cierto que la mirada venía precedida y acompañada por los sustanciosos y apasionados   comentarios de mi acompañante y anfitrión. Al hilo de su amena e ilustrada charla, di en pensar que la verdadera belleza del cromático espectáculo que estaba presenciando permanecía oculta y solo accesible para los conocedores del complicado proceso de creación que conduce a la excelencia en cualquier campo profesional.

Como toda realización que aspire a lo sublime, su resultado final no es producto tanto de la genialidad cuanto del conocimiento y la perseverancia. Se atribuye a Picasso aquella famosa frase de que “si te llega la inspiración, más vale que te pille trabajando”. Pues es el caso. Pero hay más cosas. Antonio Conde, inspirador de estas líneas y propietario de las parcelas de almendros que tuvo la gentileza de mostrarme, es un hombre enamorado de su trabajo, cuya mente interactúa permanentemente con el medio. Sirviéndose de la ciencia, la técnica y un punto permanente de insatisfacción busca el camino, siempre perfectible, que conduce a optimizar los resultados en sus explotaciones. Eso es lo verdaderamente valioso y emocionante.

Estoy seguro que las parcelas que aparecen en la imagen nacieron primero en su imaginación, en forma de ilusión o de sueño, pero, sin duda,  han sido su esfuerzo y su dedicación los que lograron convertirla en obras admirables y rentables. Al menos hasta el día de hoy.

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